resurge el aliento dulce de un brebaje común,
es otra invitación a un paraíso borroso, barroso,
es el sendero simple trazado con humo y sal.
/vaso vacío/
Solo se precisa a la dama aquella,
que envuelve en espumas a los idiotas noveleros
y embriaga en blandas alegrías a los ojos cansados.
A ella y a la serenata, que se impone por llantos ebrios
retorcidos y mezclados de risas, sones de no amor.
/humo propio/
Que tampoco descanse hoy,
el cielo gris de luciérnagas grises
que dentro de blancas cajas claman arder
y llaman a opacar los arco iris flotantes
que se han hilvanado en las espaldas de la impaciente urbe.
/tapas en el suelo/
Del fondo dulce de un suelo poco nuevo,
levanta tranquilo el descoordinado ritmo al cuerpo
acosado de sillas aladas, inquietas, discretas.
Se deleita el amanecer de tener entre su jardín
espías oscurecidos y caminantes vulgares
que a horas negras ya parecen miles,
compañías bravas de brazos extendidos
que alzan consigo alguna frase mal dictada,
en algún mal paisaje,
en algún mal día,
en contra tuya.
/llaves y sábanas/
Llegué.
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