martes, 2 de febrero de 2010

Capitulo segundo \ La invitación.




Era la fiesta de muchos, la celebración de unos cuantos y la alegría de nadie. Era la maravilla de reencuentros programados y la rutina de un saludo. Allí todos miraban, esperando expectantes la aparición de un tercero que contara la historia de un cuarto.
Él en tanto actuaba atraído por las luces que unos cuantos invitados producían entre abrazos y saludos, atraído como mosquito en busca del halo de una lámpara.
Y así transcurrió el segundero, como salando las horas para que parecieran mas apetecibles en su final, pero no fue sino hasta el epilogo, mientras las botellas reclamaban su sed y los vasos se deleitaban de besos agrios, que, invitada por el ruido de los ojos entre las espaldas de otros, apareció ella.
Mientras transcurrían las estrofas de alguna canción barata, ella se aproximó a él con la mirada anclada, direccionada a culpar de algo inesperado, como el beso en la mejilla que dejó caer sobre el muchacho estando ya frente a él.

- Ella : Estás aquí, pensé que no encontraría a nadie de mi agrado en éste lugar, tan vacío y hediondo a cinismo.
- El : Soy el dueño de éste lugar, hoy.

La palma derecha de él de pronto se vio atada a la de ella, empujándolo unas zancadas más lejos de la tropa, hacia un rincón, amargo de humo, dulce de oscuridad, cercado de espaldas.

- Ella : Por favor abrázame, fúndeme en tus brazos, hazme olvidar con tu boca el sabor del vino que he bebido en honor a hombres que no han sido tales. Mezcla tu pecho al mío, intercambia el latente y fuerte corazón tuyo por el mío que parece estar necesitando un segundo respiro.
- El : ¿Cómo te llamas?

Capitulo primero \ La opción del si.

Eran las mil de la noche, o eso parecía, los murmullos del viento contra el pensamiento de ambos parecían marcar aún más la noche, dejando aflorar solamente el silbido blando de los suspiros.

- Ella : ¿Estás sólo?
- El : Siempre lo he estado
- Ella : ¿Quieres cambiar eso?
- El : No sé.

Desde la altura de unos pisos las luces de aquel rincón de la cuidad mostraban un cemento plagado de porquerías, indicando con su luz lo que no se debe ver, cemento rugoso, pisado muchas veces por sangre y por borracho odio.
Nocturnos ojos amarillos acompañaban la visión, ojos de una urbe que pocas veces habían acariciado la espalda del muchacho, quien, pese a su pertenencia a ese pueblo idiotizado, prefería los rincones negros de cuartos acolchados.
Cuando el chico comenzaba a acostumbrarse a esa rutina, la niña, ya enraizada, decidió cantar en susurros un adiós artificial, pues sus manos seguían atadas a las de él así como los ojos de éste permanecían enroscados a los labios de ella.

- Ella : ¿Me quieres?
- El : No sé.

El silencio se ejecutaba con armonía perfecta, las sinfonías del viento nocturno producían el danzar de unas tenues sombras sobre ellos, como tratando de hacerse sentir, como buscando ser participes del mundo táctil, al cual estaban sentenciados a no asistir.

Ambos sabían exactamente que hacer esa noche.-