Eran las mil de la noche, o eso parecía, los murmullos del viento contra el pensamiento de ambos parecían marcar aún más la noche, dejando aflorar solamente el silbido blando de los suspiros.
- Ella : ¿Estás sólo?
- El : Siempre lo he estado
- Ella : ¿Quieres cambiar eso?
- El : No sé.
Desde la altura de unos pisos las luces de aquel rincón de la cuidad mostraban un cemento plagado de porquerías, indicando con su luz lo que no se debe ver, cemento rugoso, pisado muchas veces por sangre y por borracho odio.
Nocturnos ojos amarillos acompañaban la visión, ojos de una urbe que pocas veces habían acariciado la espalda del muchacho, quien, pese a su pertenencia a ese pueblo idiotizado, prefería los rincones negros de cuartos acolchados.
Cuando el chico comenzaba a acostumbrarse a esa rutina, la niña, ya enraizada, decidió cantar en susurros un adiós artificial, pues sus manos seguían atadas a las de él así como los ojos de éste permanecían enroscados a los labios de ella.
- Ella : ¿Me quieres?
- El : No sé.
El silencio se ejecutaba con armonía perfecta, las sinfonías del viento nocturno producían el danzar de unas tenues sombras sobre ellos, como tratando de hacerse sentir, como buscando ser participes del mundo táctil, al cual estaban sentenciados a no asistir.
Ambos sabían exactamente que hacer esa noche.-
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